Déjenme en Paz (1)

Llegar a la Paz en un vuelo soso, medio movido y con sabor a brownie seco. No dormir casi nada la noche anterior. Dormitar con sol en los ojos y bajarte asustado por la puna. El soroche. Ser recibido por el Product Manager de la cuenta: mi anfitrión de toda la estadía. Ir a ver al gerente, irse con él a la productora y comentar lo increíble del azul del cielo. Más que el del Valle del Elqui. Mucho más. Recordar que “Azul marino” no es una palabra para usar en estas circunstancias, justo cuando lo dices. Silencio incómodo.
Chequearse en el Hotel Del Rey Palace y maravillarse por lo serviciales y sonrientes que son todos. Escuchar todo el día “con todo gusto” en lugar de “con mucho gusto”, que es la peor frase hecha que existe. Mirar el minibar de reojo y quedar helado por los precios. Por lo baratos. Cual Jumbo. Volver a la Van. Enterarse que la bencina cuesta $200. El transporte $65. El mejor restorán de la ciudad, La Suisse, diez lucas con vino y todo.
Anotar mentalmente ese nombre. La Suisse. Tener un almuerzo-reunión en la productora. Ver las modelos. Vestuario. Dirección de arte. Ir a la locación y saber que es la discoteca más ondera de La Paz, y además que el dueño es el productor. Terminar la tarde en un café fumando Narguile y comiendo tacos con la infaltable Stella Artois, más Arturo, mi anfitrión, y Tati, la modelo (que luego sabes que es además product manager de la otra mitad de la empresa) y su novio de 3 metros y medio y cara de guagua. Lluvia. Nadie asombrado. Todos con paraguas. Llegar al hotel, caminar bajo la lluvia y sentir que estás en un Valparaíso que chocó con Estación Central pero medio versión Patronato. Olores a fritura. Las cholas con sus gorritos en posición imposible que pasan a tu lado cargando mantas de colores con cosas. Hierbas. Niños. Volver al hotel. Saquear el minibar sin ningún asco. Hablar por una hora con la Romi via Skype y echar de menos a los niños, que duermen. Volver a saludar a mi host. Subir a la van y recorrer bares, pubs, discotecas. Llegar al Diesel, el lugar más ondero que has visto en la vida. Alucinar con su escenografía de fierros y desechos de avión. Conversar con sus dueños (argentinos tenían que ser), llamarlos ídolos y rogarles que lo hagan franquicia para Santiago. Baires. Lo que sea. Turbinas en los techos. Sillas de tractor. La entrada con gravilla, como la playa de Lost capítulo 1 en vivo, versión urbana. Encontrarse con el Gitana -el de la filmación- y sentir que es 1998 y estás en el Vallarta a todo lo que da. Escuchar la música, y estar completamente seguro que es 1998 y estás en el Vallarta a todo lo que da. Hacer como que el redbull es eterno para que no te ofrezcan nada más. Sentir que tu hígado se emociona por tu buen acto.
Sentir luego el peso de las 2 horas de dormir y asentir al “¿otro?”, obligándote a ti mismo. Paceñas. Rones. Redbull y otra Paceña para terminar. Y cagaste. Entremedio del sonido de la banda en vivo del lugar No.7, tirar la esponja. Cagaste. Terminar la noche con un “abort mission”, salir mientras conversas con el dueño de ese local que imita tu acento mientras juguetea con su iPhone, y dejarte caer en un taxi conducido por el doble de Evo Morales. Piquero a la cama. Recordar que llevas casi 24 horas sin dormir. Y que por eso la noche paceña te la ganó. Por eso, chango.

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