Diga 33

La fiesta de mis 30 años estuvo increíble. Pero fue achacante cumplir 30. Lo asumo.
A los 31, me hice el loco. La semana había sido demasiado en blur como para pensarlo.
Y a los 32, como que ni chicha ni limonada, lo pasé bien y punto.

Pero cuando te dejas barba nuevamente y ves en 12 meses tu mentón se te ha poblado de canas…
Uf. La vajez te llegó. Y mal.
Así que diga 33. Japiberdeitumí.

Para peor, ayer fuimos al famoso Coquinaria (debajo del recién estrenado “W”) con Tito y una clienta, y no sé si por mala suerte o qué -no comimos nada en común, él pidió una ensalada y yo unos gnoquis de zapallo-, ambos volvimos a la agencia con cara de compungidos. Y él, sudando frío.
Corte a Tito saliendo, mal, directo a su casa. Y yo, cazado en una reunión interminable en la que no podíamos faltar los dos. Apenas terminó el ultimo slide del powerpoint, volé a por mis llaves. Mi casco. Mi moto. Mi estacionamiento. Mi casa. Mi WC…
Mi cama.
Mal. Mal. Mal.

Pero hoy desperté algo mejor. El japiberdei tiene esa cosa doble de achacamiento etáreo y felicidad celebrística. Así que hoy me estoy ordenando para salir temprano y disfrutar mi cumpleaños con mis más cercanos. Ni fiesta gigante ni familión ni nada: los más amigos nomás.
Y qué tanto. Ya estoy viejo pa tonteras.

“Lo que usted tiene es vejez!”

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