Lo menos domingo que hay.

Además de la voz idéntica y la pelada, si hay algo que comparto con mi viejo es ese gustillo sibarita. No solo comer rico, sino prepararlo tu mismo, con harta gente invitada y mucha conversa regada. Así que siempre nos vamos turnando con qué casa el domingo. Este finde, mis viejos fueron los anfitriones. Ceviche thai, pisco sour hecho en casa -el embotellado es una ofensa personal para no viejo-… Seguido de pastas frescas, con unas salsas que ni en Roma he comido tan rico.

El problema viene cuando no ves un postre enfilando a la mesa, sino tres! Y ahí mi madre toma el control: Pana Cotta, leche asada y una torta maldita que mi cuñado trajo de viña (muerde el polvo, Presidente Riesco) que hicieron del clavo oxidado y la película post sobremesa, un must para este eterno luchador contra la barriga. Qué se le va a hacer. No hay gimnasios para este tipo de domingos.

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