Historia de dos verdades

Es la época del play. De la película desde el inicio, la pausa exactamente cuando vas al baño y la pantalla móvil. Esa que se vuelve un iPad cuando bajas a la cocina, o se achica aún más, más o menos hasta el tamaño de tu smartphone, cuando te enchufas los audífonos y te vas a tomar el metro sin tener que despegarle los ojos de encima.

Es la época del aquí y ahora. De la muerte de los tiempos muertos. Del Facebook y el cómic y la serie y tu revista en la sala de espera de tu doctor. La canción perfecta en el momento perfecto. La conexión eterna. El final del hola y el adiós.

Es la hiperconexión. Es la hipersoledad. Es la profundidad máxima de la tecnología y la simpleza pelotuda de las cabezas que ya no se aburren. Ya no piensan. Ya no miran hacia arriba y se preguntan de donde somos ni para donde vamos. 

Somos aquí, ahora. Siempre. O al menos eso puedes llegar a ser, si no apretas el avioncito en tu celular cuando te vas a dormir. O lo apagas cuando vas a sentarte a comer con tu polola. O peor: si no lo cierras, lo cortas y lo matas mientras tus hijos crecen frente a ti, con la mirada tan baja como la tuya. 

Es la época de la estupidez máxima. Es la época de las genialidades.

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